sábado, 19 de enero de 2008

bucle fatal

Lenar y Hepis contemplaba los cimientos quemados de lo que fue la mayor urbe del planeta. No más importantes hombres de negocios, enfrascados en sus importantes videollamadas, acentuando el loco ritmo del tránsito peatonal. No más madres pluriempleadas correrían tras el autobús, como si allí fueran a encontrar el sustento para sus hijos sin padre, aunque, en cierta manera, así fuera. No más borrachos y marginados vagarían por los callejones, preguntándose cuando se torció su vida hasta tal punto. No más. No más.

El ennegrecido cielo cubría los restos de la capital mundial como si de una mortaja gigante se tratara. Y, en medio del caos, Lenar y Hepis se encontraban en la delgada línea que separaba la cordura del trastorno irreparable.
Lenar había vivido toda su vida en la ciudad. En sus treintsa y siete años, dos meses y veintidós días no había hecho otra cosa que vivir para, y por, la ciudad que se rendía en torno a ella. Su mundo había dejado de existir.
-¿Estas bien?-le preguntó Hepis. "¿Cómo voy a estar bien, prototipo de subnormal?" pensó Lenar, aún sabiendo que su compañero se refería a su integridad física.
-Si..estoy bien...- respondió Lenar, saliendo del trance del que se encontraba.
-Creo que...creo que lo mejor será que nos vayamos de aquí...
-¿Y eso qué va a cambiar, Heps? ¿Eso qué demonios va a cambiar?¿Piensas que vamos a encontrar algo de comer?¿Eh? ¿O algún superviviente? ¿Eh? ¿¡Eh!?-gritaba Lenar, enfurecida con su socio, aún sabiendo que éste sólo intentaba mejorar su situación. Penosamente.- Me temo que no, Heps, no queda nada. ¡Nada!. Sólo basura nuclear y dos idiotas con tanta radiación en el cuerpo que morirán en poco tiempo. En muy poco tiempo....

La pareja se dio cuenta entonces del escaso tiempo, del supuesto escaso tiempo, que les quedaba. La radiación del lugar pronto daría fin a sus vidas sin sentido, ya que se había perdido en medio de una luminosa y horrible confusión que lo había arrastrado todo hacia el Inframundo.
Entonces, llovió el oscuro cielo. Y llovió agua, agua tan oscura como el sudario que envolvía el desolado paraje.
-Vamos, debemos guarecernos de la lluvia..-Hepis intentó cogerla del brazo, pero Lenar se despegó de él y marchó hacia un triste trozo de techo de un edificio que debió ser verde. Rápidamente, Hepis se acercó a ella e intentó proporcionarle calor. Juntos, abrazados bajo ese cielo negro, Lenar lloró recordando sus últimos momentos de vida. Cómo bajó de su casa y cruzó la avenida del Álamo hasta la Calle Rockwave, donde se encontró con Hepis. Fue entonces. Aún podía ver el fulgor anaranjado cayendo del cielo, derribando los cimientos de su mente. Sumiémdola en la oscuridad. Y en Hepis. Su socio la apretaba contra él, intentando, vanamente, no mostrar su miedo. Lenar no quería continuar con esa vida. No tenía ni la más remota curiosidad por saber si sobreviviría. Se durmió.

El agudo pitido del despertador quebró su sueño, recordándola que llegaba tarde. Se vistió con prisas y bajó a la calle. Cruzó la Avenida del Álamo y, en la calle Rockwave, se encontró con un distraído Hepis.

Aún le dió tiempo a hablarle de un sueño muy raro, antes de que cayera un fulgor anaranjado del cielo.

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