domingo, 11 de mayo de 2008

La espada de Damócles

Historia surgida durante una de las largas esperas al autobús más lento de Europa Occidental

-Dime dónde está el resto. No te lo preguntaré ni una sola vez más.
-¿¿Cómo??- me hago el tonto- Ahí está todo, todo lo que me dieron, al menos.
Me mira con mala cara. Lo sabe.
-Creo que no eres consciente de la situación en que te encuentras, Paulo. Si no me das el kilo que falta, te vuelo la cabeza.
El jefe no miente. Noto el movimiento de uno de sus gorilas a mis espaldas. Tengo que inventarme alguna excusa.
-Mire, jefe, tuve que enterrar el paquete porque...me estaban siguiendo.
Mala elección. Un puñetazo vuela hasta mi nuca. Caigo de la silla y llueven las patadas. Me cubro como puedo, hasta que unos fuertes brazos me recolocan de mala forma en la silla.
-No juegues conmigo -me da que el jefe ya ha visto muchos como yo- O vas a sufrir mucho, eso te lo garantizo. No vales una mierda para nadie, que desaparezcas o que te encuentren con un tiro en la nuca en una cuneta le trae sin cuidado a todo el mundo. Dime dónde está. Ahora.

Otro puñetazo desde las alturas, otra vértebra que se va a tomar por culo.
Desde el suelo pueden verse cosas muy interesantes. Es increíble lo que cambian las perspectivas una vez uno se agacha y tiene un traumatismo craneo-encefálico de dos pares de cojones.
El jefe debería hacer que le limpiaran el suelo de vez en cuando, todo lleno de cenizas y colillas. Y su guardaespaldas debería dejar para siempre los calcetines blancos. Y de guardar la pistola en el tobillo cuando se está enfrentando a un hombre desesperado que lucha por su vida.
El movimiento le pilla por sorpresa, y cuando se percata del nuevo rumbo de los acontecimientos es tarde. Me hubiera gustado deleitarme con su sufrimiento, pero en un antro mafioso las pipas no escasean precisamente. Los dos disparos le atraviesan el torso, el tercero hace de su cabeza un descapotable, tú ya me entiendes.
Me incorporo como puedo y me cobro mi indemnización con el que hasta ese momento era mi jefe. Nunca he sido un buen tirador, y se nota. Sólo puedo darle una vez, y en el brazo, mientras escapa por la ventana. Paso de seguirle, ya tendré noticias suyas.
Siempre he pensado que es de estúpidos escapar por la puerta principal, aunque también es cierto que con el cerebro hecho pulpa mi código de valores cambia radicalmente.
Le vuelo la azotea a los dos vigilantes de la puerta, que no se habían percatado de que esta vez el camello ladrón no ha salido dentro de una bolsa de basura comunitaria, sino con una Beretta 9 mm. en las manos. Afortunadamente hoy es fin de semana, y todos los demás hombres del jefe están por ahí vendiendo su mercancía, sino no tendría ninguna oportunidad de salir de este antro. Llego a la calle, y no puedo evitar preguntarme qué es lo que voy a hacer ahora. En escasos minutos toda la escoria de la ciudad estará buscándome, y con razón.
Pero lo que no saben es que hay un factor que cambia las tornas:
Soy el ser humano con más suerte del mundo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

la espada de damocles ñañañña, y luego dices!