martes, 13 de mayo de 2008

Otoño

Esto empezó casi como una broma, pero espero que alguien haya podido leer más allá.



Va a llover. Las nubes empezaban a arremolinarse en el cielo, cada vez más difícil de ver, hasta que se volvió imposible. El viento surgió de repente y empezó a llevarse todo a su paso. La gente del pueblo fue metiéndose en sus rústicas casas para contemplar el milagro de la tormenta. Los más rezagados se protegían con largas capas, o con los típicos sombreros gigantescos de la zona. Los negocios iban cerrando uno a uno en el pueblecillo. Una gélida brisa traía nuevas noticias.


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Jen llegaba tarde a su cita. Se despertó por culpa del gato de la vecina, que últimamente había adquirido el mal hábito de maullar en su ventana hasta que le dieran algo de comer. Cogió su mochila, donde llevaba todo lo necesario para la cita y salió corriendo, aunque, antes, le dio un poco de leche a Sir Wallace.
Mientras bajaba las escaleras de dos en dos, de tres en tres, de salto en salto, fue recordando el día, haría ya más de una semana, cuando ambos rivales coincidieron en una fecha para el duelo. No era un duelo como otros tantos que ya había tenido, no. Este era importante. Nunca había tenido un enemigo como él, sería una pelea difícil....una batalla entretenida. Y entonces llegó al umbral, sacó la llave, y salió a la calle, donde altos edificios le cubrían las espaldas.



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Gritos de guerra ocultos entre los susurros del viento. Miles de jóvenes parten al frente de batalla, preparándose para defender lo que sus familiares les han enseñado que deben proteger. Y marchan. Los que vuelvan, volverán más fuertes. Más grandes, llenos de gloria, de honor. De sangre. Y los que no. Todos aquellos que queden, y no vuelvan a marchar, serán. No, ya no serán. Sólo estarán. podrán ver con sus vidriosos ojos cómo hermanos luchan por razones que desconocen, por razones que, en realidad, no les importan, no les han enseñado a planteárselo.

Y así, los ejércitos se van acercando, aproximándose el día elegido. Los guerreros, a sus armas, los magos, a su magia. Y los grandes campos se llenan de gentío de todas las razas y todas las especies, con un único propósito. La total destrucción.

Y, de repente, el campo de batalla. Armaduras azules contra armaduras verdes. La muerte en todo su esplendor. Las Bestias de los Páramos contra los Demonios Profundos, Un Bosque de Wyvern que suma cuatro puntos de....

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-...cuatro puntos de ataque a todos mis magos del Viento Celestial, y así puedo invocar a Seis Alas, a ver que puedes hacer con eso, ¿eh?

-No me hagas reír, ¡mis ogros infernales de ataque veintisiete armados con los Puños de Rémora enviarán a tus bichillos al otro barrio!

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La muerte se abre camino en la inmensidad. La fina hierba cobra un tono rojizo, y un macabro otoño lo inunda todo.


Entonces, me pregunto cuando empezó a ser esto un juego.

domingo, 11 de mayo de 2008

La espada de Damócles

Historia surgida durante una de las largas esperas al autobús más lento de Europa Occidental

-Dime dónde está el resto. No te lo preguntaré ni una sola vez más.
-¿¿Cómo??- me hago el tonto- Ahí está todo, todo lo que me dieron, al menos.
Me mira con mala cara. Lo sabe.
-Creo que no eres consciente de la situación en que te encuentras, Paulo. Si no me das el kilo que falta, te vuelo la cabeza.
El jefe no miente. Noto el movimiento de uno de sus gorilas a mis espaldas. Tengo que inventarme alguna excusa.
-Mire, jefe, tuve que enterrar el paquete porque...me estaban siguiendo.
Mala elección. Un puñetazo vuela hasta mi nuca. Caigo de la silla y llueven las patadas. Me cubro como puedo, hasta que unos fuertes brazos me recolocan de mala forma en la silla.
-No juegues conmigo -me da que el jefe ya ha visto muchos como yo- O vas a sufrir mucho, eso te lo garantizo. No vales una mierda para nadie, que desaparezcas o que te encuentren con un tiro en la nuca en una cuneta le trae sin cuidado a todo el mundo. Dime dónde está. Ahora.

Otro puñetazo desde las alturas, otra vértebra que se va a tomar por culo.
Desde el suelo pueden verse cosas muy interesantes. Es increíble lo que cambian las perspectivas una vez uno se agacha y tiene un traumatismo craneo-encefálico de dos pares de cojones.
El jefe debería hacer que le limpiaran el suelo de vez en cuando, todo lleno de cenizas y colillas. Y su guardaespaldas debería dejar para siempre los calcetines blancos. Y de guardar la pistola en el tobillo cuando se está enfrentando a un hombre desesperado que lucha por su vida.
El movimiento le pilla por sorpresa, y cuando se percata del nuevo rumbo de los acontecimientos es tarde. Me hubiera gustado deleitarme con su sufrimiento, pero en un antro mafioso las pipas no escasean precisamente. Los dos disparos le atraviesan el torso, el tercero hace de su cabeza un descapotable, tú ya me entiendes.
Me incorporo como puedo y me cobro mi indemnización con el que hasta ese momento era mi jefe. Nunca he sido un buen tirador, y se nota. Sólo puedo darle una vez, y en el brazo, mientras escapa por la ventana. Paso de seguirle, ya tendré noticias suyas.
Siempre he pensado que es de estúpidos escapar por la puerta principal, aunque también es cierto que con el cerebro hecho pulpa mi código de valores cambia radicalmente.
Le vuelo la azotea a los dos vigilantes de la puerta, que no se habían percatado de que esta vez el camello ladrón no ha salido dentro de una bolsa de basura comunitaria, sino con una Beretta 9 mm. en las manos. Afortunadamente hoy es fin de semana, y todos los demás hombres del jefe están por ahí vendiendo su mercancía, sino no tendría ninguna oportunidad de salir de este antro. Llego a la calle, y no puedo evitar preguntarme qué es lo que voy a hacer ahora. En escasos minutos toda la escoria de la ciudad estará buscándome, y con razón.
Pero lo que no saben es que hay un factor que cambia las tornas:
Soy el ser humano con más suerte del mundo.